sábado, 1 de mayo de 2010

Enrique Miret Magdalena

12-Octubre-2009

"Ha muerto a los 95 años en Madrid. De profesión, químico industrial, promotor de asociaciones de Pymes. Casado y padre de siete hijos. Cristiano totalmente laico, teólogo buscador de “otro” Dios, otro cristianismo y otra Iglesia. Escritor y periodista, siempre comprometido con la verdad y con los más necesitados. ¡Cuántas personas no creyentes buscaban semanalmente su columna religiosa en TRIUNFO! Practicaba el yoga y la meditación trascendental, lo que ayudó a mantenerse fresco y lúcido en su vejez. Más sobre él en este obituario de El Mundo y en lo que vosotros aportaréis.

El escritor y teólogo, Enrique Miret Magdalena, durante su vida se confesó católico agnóstico y fue considerado como un teólogo revolucionario de izquierdas.

Miret Magdalena nació el 12 de enero de 1914 en Zaragoza. Según recordaba él mismo, iba para jesuita, pero la Guerra Civil frustró su vocación. Al encontrarse inscrito en la lista de candidatos a la Compañía de Jesús le recomendaron ocultarse y pasó la Guerra Civil en Madrid, refugiado en la Embajada del Paraguay.

Aunque se doctoró en Químicas, Miret Magdalena pronto orientó su actividad hacia la teología y la ética. Pronto comenzó a escribir en publicaciones progresistas católicas, como El Ciervo. Después escribiría en Informaciones y, luego, en la revista Triunfo, donde trabajó durante 20 años en la sección cultural-religiosa.

El teólogo escribió más de 2.000 artículos y 20 libros. Entre sus obras destacan ‘Amor y sexualidad’, ‘El nuevo rostro de Dios’ y ‘El catecismo de nuestros padres’. En los últimos años (con un ritmo de prácticamente un libro anual), sus títulos invitaban al optimismo: ‘La paz es posible’ y ‘Qué nos hace falta para ser felices’.
Miret Magdalena fue un teólogo heterodoxo y crítico con el cristianismo. “Muchos de los postulados que se pretenden cristianos a mí no me convencen; el mensaje de Jesús realmente es muy breve y todo lo demás es discutible”, dijo en una entrevista hace unos años.
Él mismo solía recordar que cuando en 1996 fue elegido como presidente de la Asociación progresista de Teólogos Juan XXIII, les dijo: “Os equivocáis, yo soy un antiteólogo”.
Además de ser profesor en la Universidad Pontificia de Salamanca y en la Universidad de Comillas, fue presidente de la Confederación de la Pequeña y Mediana Empresa (COPYME) en los 70; Director General de Protección de Menores en los 80; presidente honorario de Mensajeros de la Paz, y vocal fundador de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado, entre otros cargos."

"Todavía hay personas que se atreven a vivir a la intemperie. Todavía hay intelectuales que se atreven a pensar allí donde hace frío. Lejos de la protección de instituciones y las convenciones, y sin miedo a sentir, a veces, la soledad. Al menos esto era cierto hasta ayer. Hasta ayer, existía en España un hombre así. A la una de la tarde será incinerado Enrique Miret Magdalena. Vivió durante 95 años, el tiempo suficiente para darse cuenta de que “La vida merece la pena ser vivida”, tal y como tituló uno de sus libros. Antes de la tertulia, Manuel Martín Ferrand ha recordado su figura en un emotivo comentario que suscribo.

 Enrique Miret Magdalena estudió Ciencias Químicas. Y ¿saben? Es curioso que un hombre que no creía en el Dios que aparece en el catecismo, coleccionara con obsesión cuadernillos de catequesis. Poseía 1500 ejemplares de todo el mundo, algunos de ellos verdaderas joyas históricas. Los títulos de sus libros son un monumento al optimismo. Antes me refería a “La vida merece la pena ser vivida”. Recientemente publicó otro libro titulado: “Cómo ser mayor sin hacerse viejo”. Él lo consiguió, a mi juicio, con una receta muy poco habitual. Nunca dejó de habitar en la duda. No dejó que la certeza le convirtiera, como a otros intelectuales y creyentes, en un monolito de granito sin fisuras.
Hace poco contestaba así durante una entrevista: "Sólo cuando uno va haciéndose mayor, piensa en la muerte. Todos nos preguntamos entonces, ¿habrá otra vida después de morir?" Enrique Miret Magdalena creía en un Dios que él mismo fue moldeando a su medida. Él decía que era el mismo Dios en el que creía Einstein: “Una fuerza que nos mueve a ser morales, o a entregarse al arte, la justicia, o la ciencia”. No sabemos lo que Miret Magdalena se habrá encontrado allá arriba pero esperamos que le traiga aquello por lo que tanto luchó en vida: Paz. Con el recuerdo al teólogo terminan 3 horas y media de radio hechas para gente inteligente, audaz y educada."
(Punto Radio, Félix Madero)

"¡Qué bien acercarse al tronco recio y bien enraizado, con las ramas justas, de este sembrador infatigable de justicia, de conciliación!.Su mirada limpia –“sólo ven bien los ojos que han llorado”, que han compadecido- llenaba su entorno. Vivió muchos años sin cesar, sin cejar en su tarea de infundir confianza, autoestima, para que todos fueran concientes de la desmesurada facultad de cada ser humano, este misterio, quizás este milagro: ser capaces de crear, de imaginar, de inventar, de creer y no creer, al filo exacto de su libertad. Hizo del diálogo y de la palabra el camino de la superación de la secular inercia para el cambio desde la fuerza y la imposición a la comprensión, a la escucha, a la resolución de los conflictos por la conversación.Nunca abdicar, nunca postrarse. Las rodillas son para alzarse, nunca más para hincarse. Las manos son para tenderse, para dar y darse.Enrique Miret nos ha dejado una estela imborrable: el legado de su obra y, sobre todo, de su ejemplo. Personas como él se van físicamente, se vuelven invisibles pero, como sucede con las estrellas, su luz sigue llegando a nosotros con mayor fulgor cuando la noche es más oscura, aunque no existan desde hace mucho tiempo.Cristiano en el sentido más redondo de esta palabra clave y liberadora, se des-vivió por los demás, convencido de la igual dignidad humana: por los menores –fue Director General de Protección de Menores- contribuyendo de manera notoria a la actualización y normalización jurídica de las instituciones y de las pautas de actuación que arrastraban siglos de excesos, represiones, amenazas y reclusión. Y, ya de mayor… se ocupó con igual lucidez de los mayores: “Cómo ser mayor sin hacerse viejo”. Como él mismo que rezumaba espíritu juvenil en unas declaraciones hechas tan sólo cuatro días antes de su muerte.Creía en un Dios que era el “impulso creador” de todo. Creía que sólo cada ser humano, único, era “los ojos del universo”, consciente de estar viviendo.Pensar en los demás, mirar, mirarnos desde los ojos de los otros: ésta es la receta de la felicidad de este hombre sabio y bueno, de la iglesia “del Evangelio y de las sandalias”, en expresión del Obispo Pere Casaldáliga que, por lo que ha influido en mi vida, me gusta repetir. Hay que vencer la rutina. Renovarse. El tiempo de la resignación y el miedo ha terminado. En su artículo “Hacia una cultura de paz”, publicado en “El País” en julio de 2001, escribía: “ … gran parte de la política que hay en el mundo actual consiste en convertirnos en autómatas y podernos así gobernar más fácilmente a su gusto”. Ya no espectadores, ya no súbditos. Ahora, ciudadanos… “No nos basta una democracia de representación, que es lo único que tenemos. Queremos una democracia de participación”. No actuar nunca al dictado de los demás. No aceptar nunca imposiciones. Nuestro comportamiento debe ser el resultado de nuestra propia reflexión. En otro excelente artículo de enero de 2005, Juan José Tamayo, teólogo como él y también de gran notoriedad, resumía magistralmente el pensamiento de Miret Magdalena: “Como creyente crítico le gusta recordar y practicar la frase de Chesterton: “Al entrar en la iglesia se nos dice que nos quitemos el sombrero, no que nos cortemos la cabeza”. En el año 2000 tuve el honor de presentar su libro de “Memorias”. En su obra “¿Qué nos falta para ser felices?” –un nuevo modo de pensar y de vivir- trata de “ayudar a pensar un camino de felicidad solidaria en el que, igual uno mismo a los demás, podamos vivir mejor y más satisfechos, conviviendo y respetando la justicia para todos y las legítimas diferencias de cada uno”… No podemos ser felices si no hacemos algo para intentar remediar los males del mundo actual”. ¿Qué podemos hacer realmente frente a los grandes retos –pobreza, exclusión, desgarros sociales- que nos afligen? La respuesta de Miret Magdalena, desde la clarividencia y la serenidad, tan bien expresada en sus libros “La paz es posible” y “La vida merece la pena de ser vivida”, es que la especie humana está capacitada para ello. Es tiempo, pues, de actuar resueltamente en favor de este otro mundo posible en el que soñamos. En el que Enrique Miret Magdalena soñaba. Los Mensajeros de la Paz –lo sabe bien el Padre Ángel- nunca mueren, vuelan. Enrique Miret voló muy alto. Ahora vuela más alto todavía. A su mujer, Isabel Bernal y a sus siete hijos, a sus nietos, familiares y amigos, mi más sincera condolencia por la desaparición de Enrique, que a tantos y a tantos nos pertenecía, con el consuelo de que siempre seguirá disipando brumas y esclareciendo horizontes para que miles y miles de viandantes pueda afirmar su paso, cada cual a su manera, hacia nuestro destino común."

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